Me encontraba en Bogotá por motivos de trabajo, una mañana mientras tomaba el desayuno en el hotel en que me hospedaba, aunque la opciones de comida eran bastante limitadas, me había llamado la atención que siempre había caldo de pollo o res en el desayuno. Yo me había servido un plato de frutas variadas.
Aun no eran las 7 de la mañana y al llegar había notado a un grupo de unas 4 personas de aspecto oriental que estaban también tomando su desayuno, hombres jóvenes, de aspecto un poco desgarbado, deduje que eran japoneses por sus rasgos. Ya estaba por finalizar mi comida, mientras me tomaba un chocolate caliente llegaron otros dos japoneses, uno de ellos llegó a sentarse casi al lado mio, este había optado por tomar el caldo de pollo, pero cada vez que tomaba una cucharada hacia ese sonido típico al sorber y tomar aire al mismo tiempo que a mí, honestamente, me molesta.
Así siguió y con cada cucharada, yo me molestaba más y pensaba que tipo maleducado, finalmente terminó su caldo y yo mi comida.
Me levanté y me dirigí a los elevadores cuando se abrió la puerta de uno de ellos me di cuenta que el japonés en cuestión había venido detrás mio, el me dejó pasar muy amablemente. Entré e introduje la tarjeta magnética del hotel que sirve de llave de la habitación que además se utiliza en este caso para hacer funcionar el elevador cuando va hacia las habitaciones; presioné el número de mi piso, mi compañero de elevador presionó su número de piso al mismo tiempo que dejaba escapar un leve “thank you”. No tardamos en llegar a su nivel que era la primera parada y mientras salía y nuevamente dejaba un nuevo “thank you” y ya casi con el cuerpo fuera y el brazo dentro el presionó el botón “cerrar” del elevador para que yo no esperara más del tiempo necesario a que se cerrara la puerta. En ese momento pensé, que lejos estoy de este nivel de consciencia de los demás, ¡que educados son estos japoneses!